“Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto”.

Así comienza la mejor introducción de cualquier novela que yo haya leído hasta ahora: la de “Siempre hemos vivido en el castillo” de Shirley Jackson.

“Siempre hemos vivido en el castillo” es una novela de terror particular: no tiene nada que ver con criaturas de la noche ni terrores sobrenaturales. Es, en cambio, sobre esa extraña incertidumbre que sigue a los ruidos inciertos en la noche. Es sobre el terror que yace en esas cosas que nunca se dicen, que te acechan silenciosamente entre las líneas de un libro, en el rabillo del ojo, apenas insinuadas lo suficiente para que tu cerebro llegue solo a la aterradora e inevitable conclusión.

“Siempre hemos vivido en el castillo” es la historia de las hermanas Blackwood: Constance de 28 años y Mary Katherine (Merricat) de 18. Ambas viven en un caserón antiguo a las afueras del pueblo. Las hermanas Blackwood son temidas, despreciadas y rechazadas por los habitantes del pueblo, quienes están convencidos que Constance es una asesina. Toda la familia Blackwood, con excepción del senil tío Julián, fueron envenenados con arsénico seis años antes de los eventos del libro. Ahora, los tres sobrevivientes, junto con su gato negro Jonás, viven juntos en una tranquilidad deliberada. Tranquilidad que se verá afectada cuando un primo perdido hace mucho tiempo, Charles, llega de visita, apenas disimulando su interés en la encantadora Constance y en el patrimonio de la familia Blackwood.

“Siempre hemos vivido en el castillo” es quizás el libro que mejor refleja la extravagante naturaleza de su autora. A pesar de haber sido inspiradas en sus hijas, las hermanas Blackwood reflejan muchas de sus características. Si lees con detenimiento puedes descubrir el fantasma de Jackson acechándote entre la persistente y paralizante agorafobia de Constance, su obsesión con la comida y el cautiverio en su pequeño universo, como el que vivió la autora durante los últimos años de su vida.

El fantasma de Jackson se aparece en Constance, una agorafóbica atrapada en los confines angostos de su universo doméstico. Constance cocina para los miembros de la familia restante con una tensa actitud alegre. Constance era quien cocinaba en el día del envenenamiento fatídico con arsénico y por lo que es considerada la asesina ante los ojos del pueblo. A pesar de ello, mantiene unida a su extraña pequeña familia que sobrevive sin desviarse en lo más mínimo de sus estrictos rituales, permaneciendo aislados del resto del mundo.

El fantasma de Jackson también está en la engañosamente infantil Merricat. Su aparición se esconde entre su obsesión con los augurios, los presagios, las palabras mágicas, los días de suerte, la magia simpática pero sobre todo; en su rol de guardiana y observadora aguda de todo lo que sucede día a día en su pequeño mundo.

Merricat no es un personaje que fácilmente puedas olvidar. La voz narrativa de Merricat es quizás el aspecto más distintivo de la novela. Es un personaje escrito con destreza, con tanta intensidad, con tanta persuasión que las páginas cobran vida con su extraña voz. Merricat es una mujer atrapada por siempre en una infancia sin fin, en el realismo mágico retorcido de rituales extraños de magia simpática, objetos especiales y una rutina estricta que nunca puede ser cambiada.

Merricat, quien fue enviada a su cuarto sin cenar en el día en que murió el resto de su familia, es el enlace entre su disminuida y despreciada familia, el resto del mundo, y lector. Su vida cambiará para siempre con la visita inesperada de Charles, quien amenaza su frágil estabilidad mental y la de su familia. Y los eventos que sigue llevan a un final triste y aterrador presentado de una manera escalofriante y sutil.

La identidad del asesino de la familia Blackwood es realmente fácil de descubrir luego de las primeras páginas. A pesar de eso, entre más leía menos quería confirmar lo que ya sabía.

El impacto psicológico de la novela no se trata de eso, sino de las implicaciones de este descubrimiento.

“Voy a poner muerte en toda su comida y los observaré mientras mueren”.

Lo inquietante de “Siempre hemos vivido en el castillo” es cuán fascinante y cautivadora se va haciendo la voz de Merricat con cada página, con cada minuto dentro de su cabeza, hasta el punto en que es difícil no ponerse de su lado, sin importar las implicaciones que esto conlleva y a pesar de que la razón sugiera otra cosa. El horror de “Siempre hemos vivido en el castillo” es tan sutil que una parte de ti se niega a aceptar lo que está sucediendo hasta que la revelación final confirma tus miedos.

Es en ese momento que te das cuenta del encanto magnético que Merricat tiene, manteniendo su pequeño mundo unido de la manera que más le conviene. Un mundo totalmente suyo, por más pequeño que pueda ser. Un mundo que se mantiene en pie contra cualquier cosa que pueda percibirse como una perturbación, una interferencia, una amenaza. Toca regresar para darse cuenta cómo todas las palabras de su pequeño juego en la casa de verano adquieren una nueva dimensión y resonancia.

“Inclínense ante nuestra amada Mary Katherine… o morirán”.

“Siempre hemos vivido en el castillo” es profundamente perturbadora en su simplicidad engañosa, la subestimé y la encontré espantosamente absorbente: justo como me gustan que sean los libros. Esta novela es, simplemente, una obra maestra. Es corta y escasa, escrita en una prosa cristalina, pero al mismo tiempo es tan evocadora en temas como el poder femenino, la familia, la culpa y el castigo, el aislamiento y finalmente, la relatividad de la verdad. Es el conjunto de todos estos elementos los que le brindan contundencia y la hace más rico en matices que muchas novelas buenas que duplican su tamaño.

“Siempre hemos vivido en el castillo” es escalofriante, aterradora, extraña, inquietante, siniestra, retorcida, premonitoria, sofocante, claustrofóbica; una novela cautivadora que te va generando una creciente sensación de inquietud a medidas que la vas leyendo.

El final me sobrevino como un horror arrastrándose en la noche.

“Oh, Constance, somos tan felices”.

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